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Hola, soy Irene, y quiero contarte mi experiencia dejando de fumar.

Pero antes de empezar, es justo que sepas algo: yo soy psicóloga. Lo puntualizo porque hay gente que me ha dicho: “Ah, pero si eres psicóloga no te habrá costado nada dejarlo, no?” 

Y bueno, es verdad que como psicóloga tengo algunos conocimientos y herramientas que me han ayudado mucho (y que compartiré contigo por si a ti también te pueden ayudar. Para empezar, si te estás planteando dejar de fumar próximamente, te invito a descargarte gratis esta meditación).

Pero, al fin y al cabo, estamos hablando de una adicción. Y las adicciones bloquean la razón y nublan el pensamiento. 

Así que, a pesar de ser psicóloga, puedo asegurarte que me he visto en las mismas condiciones que cualquier otra persona dejando de fumar. A continuación leerás la experiencia de una psicóloga dejando de fumar, pero podría ser la de cualquier otra persona sin importar su formación o su trayectoria profesional. Todos somos igual de vulnerables ante la adicción al tabaco.

Cuando decidí dejar de fumar

Yo tenía 34 años cuando decidí dejar de fumar definitivamente. Antes de eso lo había intentado varias veces, pero nunca con la convicción de ese último intento. De hecho, estaba tan segura de que iba a dejar de fumar que no lo viví como “un intento”, si no como una decisión sin vuelta atrás.

¿Por qué estaba tan comprometida? En primer lugar, porque quería quedarme embarazada, con lo que eso significa: ser hogar para una vida que crece en mi y ser la mejor versión para ese ser, darle lo mejor de mi.

Y sabía que debía dejar de fumar para poder decirle al universo: “Ahora sí, ya estoy lista para recibir este tesoro, estará en buenas manos”. 

Además, medio año antes había fallecido mi madre por culpa del cáncer. Nada relacionado con fumar, ella no fumaba. Es más, ella siempre me pedía que por favor dejara de fumar. Tantos años escuchando su petición, y yo jamás le di el gusto. Y cuando ella falleció, yo me prometí que lo dejaría. Que no iba a seguir poniendo en riesgo mi vida con sustancias cancerígenas. Que no quería irme tan pronto como se fue ella.

Uf… me saltan las lágrimas cuando pienso en esto. 

Total, que lo tenía muy claro. Sabía que había llegado el momento. Así que me puse una fecha.

El 13 de diciembre del 2020.

Días antes de dejar de fumar

Faltaban un par de semanas para el día que me había marcado. Y lo primero que hice fue hacer una especie de planning.

¿Cómo me organizaría cuando dejara de fumar?… ¿me tenía que comprar caramelos, chicles, infusiones?… ¿Seguiría tomando café?… ¿Qué haría después de comer y de cenar? 

También anoté mi compromiso y avisé a la gente más cercana que iba a dejar de fumar.

Ah, y reduje la cantidad de cigarrillos que fumaba a la mitad. Me di cuenta de que muchos de esos cigarrillos no eran tan importantes, aunque también empecé a notar cómo su ausencia me afectaba. Irritabilidad, inquietud, pensamientos insistentes…

Me acuerdo que una tarde me puse a cocinar croquetas para tener las manos ocupadas y así obligarme a no fumar… Y aunque el primer momento era difícil de sostener, me encantaba ver como a los pocos minutos se me olvidaba y las ganas de fumar se desvanecían por completo.

Eso me daba confianza, me daba cuenta de que sí, iba a poder dejarlo, aunque hubiera momentos difíciles.

El día que dejé de fumar: cómo abandoné el tabaco

Al día en que dejamos de fumar se le suele llamar Día D.  En mi caso, el 13 de diciembre. Un domingo.

Lo recuerdo perfectamente, por que ese día lo pasé bastante mal. Me di permiso para fumar durante todo el día, pero por la noche apagaría mi último cigarro. Y saber eso me llenaba de ansiedad. Y de mal humor. Mi pareja pagó los platos rotos de mis miedos.

Porque sí, tenía MIEDO.

Miedo a no conseguirlo. A pasarlo mal. A estar de mal humor todo el tiempo.

El miedo se apodera de nosotros antes de dejar de fumar. Lo he comprobado porque todas las personas a las que acompaño en este proceso me lo dicen. “Tengo miedo”.

Y el miedo dice cosas como “¿y si no lo consigues?”, “¿estás segura que quieres dejarlo?, tampoco estas tan mal así…”, “lo pasarás fatal”…

Eso sin contar que muchas veces el miedo se junta con la falta de confianza, y entonces ya es un cuadro: “¿no ves que volverás a fracasar? ¿para qué vuelves a intentarlo?”, “te acuerdas cuánto sufres cuando lo dejas, es demasiado para ti”.

Yo trataba de no darle muchas vueltas. Como psicóloga, sé que cuanto más entras a discutir con esos pensamientos, más fuertes se hacen. ¡Pero es tan difícil parar! Por muy psicóloga que soy, tengo cierta tendencia a la rumiación y me engancho mucho al miedo y a la ansiedad. Aspectos que, gracias a la meditación, he conseguido mejorar muchísimo. Pero como decía al principio, la adicción no entiende de razones, es difícil frenar ese mecanismo tan potente.

Así que no queda otra que aceptar esos miedos, esos pensamientos molestos, y darnos cuenta de que es parte del proceso, que no podemos evitarlo. Que simplemente debemos seguir adelante a pesar de ello. Que pasará, como todo en la vida. Pasará.

Y sí, pasó.  Me despedí de mi último cigarro. Hice un pequeño ritual de despedida y luego me dediqué una hora a mi autocuidado.  Y entonces me sentí libre. Feliz. Tranquila. Así dejé de fumar.

Ya estaba al otro lado, era lo que deseaba para mí, e iba a liberarme de esa adicción costara lo que costara.

Una semana sin fumar

Durante la primera semana sin fumar tuve momentos de todo tipo. Momentos de sentirme segura, fuerte y capaz. Y momentos de verdadera locura, en los que mi mente no paraba de insistir “fuma”, “fuma”, “¡fuma!”. Como si una voz gritara dentro de mí y no me dejara pensar en nada más. 

Y aunque yo había planeado algunas cosas para sobrellevar mejor estos primeros días… No era tan fácil. Lo único que me calmaba cuando las ganas de fumar se hacían muy fuertes era ir al cajón de las galletas y comer una… luego otra… y luego el paquete entero.

Sinceramente, no me preocupaba ganar peso. Yo siempre he sido de constitución muy delgada y subir unos kilos no era un problema. Así que me di permiso. Lo principal era seguir un día más sin fumar. 

Mi pareja salía a fumar al balcón, y esos momentos eran complicados. Me daba rabia, frustración… Pero era lo que yo había elegido. Así que respiraba profundo… Me iba a cepillar los dientes… Y en un momento ya volvíamos a estar los dos felices en el sofá. 

No negaré que tuve momentos muy delicados, en los que me hubiera fumado las colillas del cenicero cuando me quedaba sola en casa.

Por eso sé lo difícil que es salir de esta adicción.

Porque lo he vivido en mis carnes (y especialmente en mi mente). Una mente más enemiga de lo que jamás hubiera imaginado, tratando de que fumara por todos los medios y usando todas las estrategias posibles. Y yo, tratando de mantener la calma, de recordar mi propósito, de no entrar en esos bucles o salir cuanto antes…

¿Lo que me funcionó?

La aceptación y la compasión.

Grandes habilidades psicológicas que, desgraciadamente, tenemos muy poco entrenadas la mayoría de personas. 

Mi yo de ese entonces tampoco iba sobrada. Pero sí que las conocía y empezaba a tontear con ellas. Y no fue a través de la carrera de psicología que me topé con ellas, no. Fue gracias a una formación de mindfulness que hice un año antes, para gestionar de la mejor manera posible lo que le estaba pasando a mi madre. 

Ahí aprendí a meditar. Y me di cuenta de las bondades de esa práctica. 

Así que me dije a mi misma: “Necesito ponerme en serio con la meditación. Necesito crear mis propias meditaciones para ayudarme con esto”. Y eso hice. Por cierto, aquí te comparto una meditación para dejar de fumar que quizás te ayude si estás planteándote dejarlo pero no terminas de dar el paso.

Dos semanas sin fumar

No me lo podía creer. Ya llevaba dos semanas sin fumar, y parecía que las cosas empezaban a ponerse más fáciles. La meditación me ayudaba a sobrellevarlo y mi experiencia dejando de fumar empezaba a ser cada vez más llevadera y satisfactoria.

Seguía pensando en ello a diario, sí. Pero esa locura de los primeros días parecía que iba disminuyendo.

Con todo esto llegó la Navidad. No quería beber alcohol porque sabía que me iba a jugar en contra. Pero algo sí que bebí. Mi estrategia era beber una sola copa y luego pasar a bebidas sin alcohol. Con una copa las ganas de fumar crecían, pero yo seguía teniendo el control. Sabía (por experiencia) que a partir de la segunda ya me hubiera costado mucho más mantenerme centrada en mi objetivo.

Un mes sin fumar

Navidad superada, con sus cosas tristes y sus cosas bonitas… Y yo seguía firme en mi propósito de no fumar. Estaba orgullosa de mi. Cada vez lo llevaba mejor. ¡Ya apenas comía galletas!

Mi nueva rutina se iba convirtiendo en la normalidad, y ver a mi pareja salir al balcón a fumar me resultaba casi indiferente (la mayoría de las veces).

¿Momentos de ansiedad y ganas de fumar? Alguno había, sí. Pero cada vez menos. Muy limitados a situaciones concretas, como ir a tomar algo, estar con alguien que fuma delante mío… Y aun así, soportable.

Creo que todo el trabajo psicológico que estaba haciendo, unido a mi fuerte compromiso y convicción, fue lo que me permitió avanzar con éxito. 

Tres meses sin fumar

Llevaba tres meses sin fumar, pero a mí me parecía mucho más tiempo. Ya casi no me acordaba de fumar en ningún momento del día. 

Veía a mi pareja salir a fumar al balcón, y cuando salíamos él fumaba delante mío, pero ni siquiera eso me afectaba. Solo si yo había bebido alcohol, entonces las ganas de fumar se apoderaban de mi. Así que decidí no beber ni una gota de alcohol para mantener la serenidad y paz mental que tan bien me hacían sentir.

Medio año sin fumar 

En este momento sí que sí, ya me sentía 100% liberada de mi adicción. En realidad, tenía la sensación de que esa antigua versión de mi, la que fumaba un cigarro tras otro, ya no tenía nada que ver conmigo. 

Creo que cuando alguien supera los 6 meses sin fumar, es cuando puede decir bien alto que ya es libre del tabaco.

Eso no quita que podamos recaer en cualquier momento.

Lo que digo es que a partir de medio año, ya vives plenamente feliz sin necesidad de fumar, ya no tienes miedo a perder el control cada vez que vas a salir, ya no te tientan la mayoría de exposiciones al tabaco… En ese momento sentí que ya lo había logrado y me animé a compartir con otras personas mi historia sobre como conseguí dejar de fumar.

Un año sin fumar

Poco más que añadir, la verdad.

La sensación de vivir sin necesitar un cigarrillo cada media hora es muy agradable y te das cuenta de lo enganchados que están los que sí lo necesitan. Pero quién soy yo para juzgar, ¡al contrario! yo estuve ahí y sé lo que cuesta soltarse.

Creo que el momento llega a todas las personas. No hay un momento perfecto, pero sí creo que llega un momento en la vida en la que dices: YA. No quiero más de esto. 

Y hay que aprovechar ese momento, porque la motivación es IMPRESCINDIBLE. De lo contrario, abandonaríamos demasiado pronto. Tras mi experiencia dejando de fumar, me he dado cuenta de que hay que persistir unos meses y superar el síndrome de abstinencia para poder liberarnos. Igual como yo dejé de fumar, cualquier persona puede si aprende a no dejarse llevar por el impulso y los pensamientos insistentes sobre fumar.

Recursos basados en mi experiencia dejando de fumar

Como te decía, yo soy psicóloga, y con todo lo que aprendí de mi propia experiencia dejando de fumar, más mi formación de base y la que he realizado a posteriori sobre el mindfulness y el tabaquismo, he creado algunos recursos para dejar de fumar, con la intención de ayudar y acompañar a quien está en este proceso. 

Destaco especialmente el programa para dejar de fumar, que es un acompañamiento de 8 semanas para liberarte del tabaco; y el maletín de recursos para dejar de fumar, que es la versión reducida y “Do It Yourself” del programa, para quien no tiene tanto tiempo o prefiere hacerlo a su manera. 

Historias de personas que han dejado de fumar con mi programa

Estoy recopilando los testimonios de algunas personas que han dejado de fumar utilizando los recursos que he desarrollado. Mientras tanto, puedes ver las capturas de pantalla en mi instagram:

https://www.instagram.com/stories/highlights/18176227306240438/

Deseo que mi experiencia al dejar de fumar te haya inspirado y ojalá muy pronto tú también estés al otro lado de la adicción.


Irene S. Ventura

Psicóloga experta en técnicas de deshabituación tabáquica

Combino las estrategias de la terapia cognitivo-conductual con meditaciones mindfulness, alcanzando así todos los aspectos que intervienen en el proceso: emociones, pensamientos, conductas y actitudes.


¿Te unes al programa?

Si te gusta mi enfoque y quieres que te acompañe mientras dejas de fumar, te invito a consultar mi programa para dejar de fumar.

Durante 8 semanas recorreremos todas las fases, desde la preparación, pasando por el día D, superando e síndrome de abstinencia, hasta llegar a la fase de mantenimiento.

Tendrás a tu disposición meditaciones, ejercicios escritos y retos que te ayudarán a avanzar y a lograr tu objetivo.

Con acceso inmediato y seguimiento via email.